Ni más ni menos.
Seguimos en la misma inocencia, aunque hayamos determinado con
exactitud la distancia que nos separa de los astros y la inmensidad que hay
entre ellos, que hayamos conocido la velocidad con que se expande el universo, desde
la gran explosión inicial; aunque sepamos con precisión el tiempo que le toma a
la tierra completar su elipse alrededor del sol; aunque conozcamos el número de
giros que tiene nuestro planeta en sí mismo para cerrar la vuelta completa,
aunque sepamos la cantidad de satélites que pueblan nuestro sistema planetario,
no nos explica nada relevante para salir de la ignorancia primordial que nos
acosa.
A pesar del hecho que hayamos descubierto las terribles,
abismales y a la vez diminutas nano dimensiones y podamos irrumpir en el mundo
sub-atómico, donde los lugares se esconden al vernos, espacios donde la materia
es energía, donde el tiempo no pasa. Aunque sepamos la existencia de partículas
que aparecen y desaparecen en fracciones infinitamente reducidas en un campo.
No sabemos más que el hombre del paleolítico.
Aunque entendamos como se fertilizan los gametos, la manera
como se ejecuta la fotosíntesis a través de las estomas de las hojas, de haber
determinado la velocidad de la luz y del sonido; aunque conozcamos la cantidad
de cada elemento en las estrellas y de que podamos observar cómo se multiplican
y se mueren las células, estamos igual que Sócrates.
Tampoco el que conozcamos como se combinan los iones y se
oxidan los metales, ni el que hayamos comprendido cómo los isótopos se
desintegran en la radiación de los núcleos de los elementos raros.
No somos más sabios que el hombre de las cavernas, seguimos
en la misma incertidumbre existencial. Ni más ni menos.

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