SIN LA VIDA
Arde el mundo, tiembla la tierra, se quema el agua, los
volcanes enojados escupen fuego, las aves emigran a la luna, los insectos
quedaron aplastados bajo las rocas, los hombres se desintegraron, no quedan ni
ruinas, todo ha sido devastado.
Cuando ya no había vida, se presentaron en el planeta,
después de larga ausencia; humeaba todavía la superficie, un olor a azufre se
esparcía encima de las cenizas.
Un montón de deidades se arrimaron a ver el holocausto, era
una gran algarabía; unos reclamaban, otros acusaban, los demás cuchichiaban,
nosotros callados presenciábamos desde un rincón la escena.
Discutían culpas y responsabilidades; celos, descuido,
soberbia y egoísmo; los dioses mitológicos protestaban.
Las ideas no tenían ya quién las pensara, las estructuras
sin quien las entendiera, las pasiones sin quien las disfrutara, los pecados
sin alguien que los cometiera, el odio sin víctima que lo sufriera, la venganza
sin quien la ejerciera, el amor sin quien lo sintiera.
Nada tenía razón de ser sin la vida, ¿para qué el perdón? ¿Para
quién la bendición? ¿A quién maldecir? De nada servía la piedad, ni el consuelo
ni la plegaria. Ni la verdad ni la mentira tenían ya cabida en una existencia
muerta.
Ni la ciencia ni la filosofía ni
el derecho ni el arte ¿Para qué sin vida?…si su último suspiro, se había para
siempre, ¡apagado!
Sin vida, ningún sentido tenían los dioses, entonces se dieron
cuenta que nunca habían existido.
