martes, 11 de septiembre de 2018

OBRERO



OBRERO

Quieren aceptar y aprobar solo personas exactas como un ladrillo más en la pared, para eso la sociedad industrial post moderna ha diseñado los huecos precisos y quien no quepa, se queda afuera.
Los hombres deben modelarse conforma la fábrica o el mercado lo demanden, ni más ni menos, mientras más exacto y preciso, mejor.
Debes encajar en estos puestos que te ofrece el mercado de trabajo, ahí te mantendrás enajenado, alejado de tu esencia indómita, castrado como un eunuco; alienado si es posible, mejor; para que ni siquiera rebuznes, ni te quejes ni protestes y nunca te rebeles; solo así serás “feliz”.
Tendrás un horario estricto, desde la guardería donde te depositarán tus padres, dormirás, comerás a tus horas, siempre con puntualidad inequívoca a los minutos dictados por las manecillas de la compañía donde serás esclavo de por vida.
¡Ay! De ti, si osas trasgredir las reglas de la sociedad industrial y de mercado, ¡Ay! De ti, si te atreves a salirte de la horma que el sistema dispuso para trabajadores como tú.
La industria es cruel, desalmada, insensible, está violando constantemente tu libertad, ¡Ay! De ti si no te ajustas, la pagarás muy caro. Luego, cuando ya estés viejo y no sirvas para maldita la cosa, serás desechado como fierro viejo, quizá te den las gracias, pero tú acostumbrado a la servidumbre, no sabrás que hacer con tu libertad, no podrás decidir qué hacer con tu tiempo libre, la inercia de tu sometimiento te hará anhelar las cadenas y los grilletes virtuales que durante tantos años te tuvieron alienado. Enfermarás con el peso de la nostalgia por el látigo del capataz y al final morirás sin haber vivido.
La inmensa mayoría de los hombres que pululan en el mundo son fieles, están sometidos incondicionalmente a un régimen de vida que los enajena, no tienen criterio propio e independiente, son una mancha más en el muro de la decadente sociedad de estos tiempos.
Si alguien se aparta, se desbalaga, lo señalan e intentan incorporarlo al rebaño; no aceptan más que dóciles y serviles, resignados a los dictados de la tropa.
Quien deserta, quien escapa, se le considera demente, un loco que amerita manicomio o merecedor de cárcel; aquel que no acepta las normas convencionales, aquel que se excluye de cumplir con la sumisión implícita en el sistema económico social imperante, será estigmatizado con la tacha de loco.
La sociedad quiere borregos, robots programados para callar, producir, consumir, sin nunca preguntar nada.
¡Ay! De aquel que se atreva a dudar de la buena marcha del sistema.      


LA BOCA


LA  BOCA

Se acabaron las conversaciones, se terminaron las pláticas y las tertulias donde se dialogaba, las amenas charlas pasaron al cementerio del pasado; se agotó el verbo y la lengua dejó de decir; todo lo borró la tecnología; el primer gruñido del hombre y el último suspiro de la mujer están ya sepultados bajo el polvo del olvido.
Las ondas electromagnéticas arribaron con el telégrafo, después el radio, la televisión y el teléfono fijo, pero el celular móvil vino a dar el último golpe de gracia a la palabra hablada de boca a boca.
Ya nadie escribe con pluma o lápiz en una hoja, todo se reduce a un teclado donde se oprimen botones insensibles que envían a distancias inconmensurables señales codificadas que anticipan pensamientos presupuestados; se cabo el susurro al oído, la caricia de las voces, el tono enamorado; hoy todo es estridencia magnética de sonidos muertos que resucitan con las conexiones casi impersonales de ruidos sin cables.
Las ondas atraviesan paredes y membranas, todo se reduce a vibraciones, a transformadores, condensadores, micrófonos, bocinas, audífonos, enchufes y electrones.
La boca perdió el habla, ahora solo mastica, chupa, lame, se encoge, se muerde la lengua, pero sobre todo calla.