jueves, 27 de abril de 2017

NI LOS VEO NI LOS OIGO

NI LOS VEO NI LOS OIGO

Cuando crucé la calle, empecé a escuchar el sonido de millones de voces que retumbaban contra los edificios aledaños, eran inmensos contingentes que avanzaban con carteles que no alcanzaba a leer, parecían lamentos indescifrables envueltos en una confusión cacofónica.
Nunca había visto tal cantidad de gente aglomerada en plaza alguna; preguntando a los los asistentes, al fin me enteré de la causa de tan magna protesta que se verificaba desde no sé qué horas.
La encabezaba el papa, cantidad de pontífices y cardenales lo acompañaban, sus majestuosos atuendos resplandecían, portaban estandartes y pendones vociferando no sé si letanías o maldiciones; tal era la algarabía que no lograba aún descifrar lo que gritaban.
También los acompañaban imanes, califas, obispos, curas presbíteros, monseñores, reverendos, sacerdotes, monjas, frailes, padres, madres, acólitos y hasta sacristanes; un torrente infinito de creyentes los seguía.
A veces parecían furiosos, luego se retraían para embestir con furia y el reclamo se extendía como una ola interminable, su eco se prolongaba haciendo estremecer la ciudad completa.
Era la manifestación mundial contra dios, en los carteles se leía: “ya basta” o “no más castigo” o “ya perdónanos” cientos de miles de voces exigiendo justicia, equidad, castigo a los criminales, penas a los asesinos, piedad para los inocentes, abolición de plagas y enfermedades, alto a la catástrofes, buen clima y lluvias oportunas, paro a la violencia; clamaban bocas y letreros en aquella monumental y simbólica protesta.
Danos la cara!- Gritaba el clero-,  ¡Ya aparece!- vociferaba la curia romana- ¡No te escondas!- alzaban la voz en cien idiomas, los contingentes,- ¡Ya párale!- lloraban los lisiados, -¡Ya estuvo!- bramaban los miserables- ¡No nos abandones!-  rugían los hambrientos- ¡Bájale!- Suplicaban los adoloridos.
Algunos manifestantes supusieron que dios se había enojado porque no se obedecían  sus mandatos, otros opinaban que su disgusto era porque ya nadie creía en él.

Un misterioso silencio se abrió paso entre la multitud, una voz terrible que solo yo escuché venir de las tiniebla y que habían inundado la plaza, dijo: Ustedes no existen más que en mis pesadillas, háganle como quieran, al cabo “ni los veo ni los oigo”         

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