NI LOS VEO NI LOS OIGO
Cuando crucé
la calle, empecé a escuchar el sonido de millones de voces que retumbaban
contra los edificios aledaños, eran inmensos contingentes que avanzaban con
carteles que no alcanzaba a leer, parecían lamentos indescifrables envueltos en
una confusión cacofónica.
Nunca había
visto tal cantidad de gente aglomerada en plaza alguna; preguntando a los los
asistentes, al fin me enteré de la causa de tan magna protesta que se
verificaba desde no sé qué horas.
La
encabezaba el papa, cantidad de pontífices y cardenales lo acompañaban, sus
majestuosos atuendos resplandecían, portaban estandartes y pendones vociferando
no sé si letanías o maldiciones; tal era la algarabía que no lograba aún
descifrar lo que gritaban.
También los
acompañaban imanes, califas, obispos, curas presbíteros, monseñores,
reverendos, sacerdotes, monjas, frailes, padres, madres, acólitos y hasta
sacristanes; un torrente infinito de creyentes los seguía.
A veces
parecían furiosos, luego se retraían para embestir con furia y el reclamo se
extendía como una ola interminable, su eco se prolongaba haciendo estremecer la
ciudad completa.
Era la
manifestación mundial contra dios, en los carteles se leía: “ya basta” o “no más castigo” o “ya
perdónanos” cientos de miles de voces exigiendo justicia, equidad, castigo
a los criminales, penas a los asesinos, piedad para los inocentes, abolición de
plagas y enfermedades, alto a la catástrofes, buen clima y lluvias oportunas,
paro a la violencia; clamaban bocas y letreros en aquella monumental y
simbólica protesta.
-¡Danos la cara!- Gritaba el clero-, ¡Ya
aparece!- vociferaba la curia romana- ¡No
te escondas!- alzaban la voz en cien idiomas, los contingentes,- ¡Ya párale!- lloraban los lisiados, -¡Ya estuvo!- bramaban los miserables- ¡No nos abandones!- rugían los hambrientos- ¡Bájale!- Suplicaban los adoloridos.
Algunos
manifestantes supusieron que dios se había enojado porque no se obedecían sus mandatos, otros opinaban que su disgusto
era porque ya nadie creía en él.
Un misterioso
silencio se abrió paso entre la multitud, una voz terrible que solo yo escuché
venir de las tiniebla y que habían inundado la plaza, dijo: Ustedes no existen
más que en mis pesadillas, háganle como quieran, al cabo “ni los veo ni los oigo”

MUY BUENO,
ResponderEliminarY LA IDEA ES GENIAL:"MANIFESTACIÓN CONTRA DIOS",
GENIAL!
y: "NI LOS VEO NI LOS OIGO": SINIESTRO!
ResponderEliminary: "NI LOS VEO NI LOS OIGO": SINIESTRO!
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