ESPÍRITU LACAYO
El espíritu
lacayo invade el territorio nacional ya hace siglos, da pena oír los halagos de
los capataces políticos y mediáticos a sus patrones del norte, se deshacen por
una palmada de sus amos, les gusta tener aceitadas sus cadenas y relucientes
sus grilletes.
Se
encuentran fascinados aplaudiendo a los opresores, arrastrarse como lombrices
ante sus señores; se les cae la baba admirando a los poderosos, son farol de la
calle y oscuridad de su casa, espléndidos en lo ajeno y miserables en lo propio;
se desviven por servir al conquistador, se inclinan con solemne humillación al
potentado, se agachan sin pudor frente a todo lo extranjero, presumen de la
soberbia con que les desdeñan los opulentos; pero son déspotas con el débil,
tiranos con el pobre.
Quizá
heredaron el carácter pusilánime de Moctezuma Xocoyotzin, la sumisión de
Malintzin, la estrechez de Juan Diego y lo traidor de Juan Nepomuceno Almonte;
por eso la indiferencia por la patria y la dócil entrega de la nación al
forastero.
No pueden
ver ninguna novedad importada sin de inmediato derramar lágrimas de emoción, se
alegran con la victoria ajena, se burlan de la derrota propia y se enorgullecen
al ver la espada extranjera decapitar a sus hermanos de raza.
Les fascina
ser pisoteados, extenderse como alfombras al paso de la bota enemiga, se
quieren siempre congraciar con quien los desprecia y ningunea impíamente,
buscan el perdón de quien secularmente les ha ofendido.
Quieren ser
como ellos, como aquellos que les denostan; los emulan bizarramente, son
capaces de besar su sombra y regalarles su intimidad por un insignificante
saludo, nunca han tenido dignidad.
Qué asco da
ver como se embarran en el lodo para lograr ese gesto de aprobación de quien
les mira hacia abajo, desean con todo su ser asemejarse a sus ídolos, tener sus
gustos, su lengua, sus lujos, su moda, su cultura, su arte, su piel.
Son sus
héroes, su admiración, se desbaratan por atenderlos como dioses aunque en pago
reciban bofetadas, aprecian los insultos recibidos y con resignación aceptan
merecerlos.
Ser tratados
con desdén es su costumbre, obedecer sin replicar su hábito, estar pendientes
de sus caprichos y arbitrariedades su vocación y con la dignidad aplastada
elogiarlos hasta la náusea.
¡Hipócritas
a su pueblo, a los suyos, los sobajan!

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