viernes, 7 de abril de 2017

ESPÍRITU LACAYO

ESPÍRITU  LACAYO

El espíritu lacayo invade el territorio nacional ya hace siglos, da pena oír los halagos de los capataces políticos y mediáticos a sus patrones del norte, se deshacen por una palmada de sus amos, les gusta tener aceitadas sus cadenas y relucientes sus grilletes.
Se encuentran fascinados aplaudiendo a los opresores, arrastrarse como lombrices ante sus señores; se les cae la baba admirando a los poderosos, son farol de la calle y oscuridad de su casa, espléndidos en lo ajeno y miserables en lo propio; se desviven por servir al conquistador, se inclinan con solemne humillación al potentado, se agachan sin pudor frente a todo lo extranjero, presumen de la soberbia con que les desdeñan los opulentos; pero son déspotas con el débil, tiranos con el pobre.
Quizá heredaron el carácter pusilánime de Moctezuma Xocoyotzin, la sumisión de Malintzin, la estrechez de Juan Diego y lo traidor de Juan Nepomuceno Almonte; por eso la indiferencia por la patria y la dócil entrega de la nación al forastero.
No pueden ver ninguna novedad importada sin de inmediato derramar lágrimas de emoción, se alegran con la victoria ajena, se burlan de la derrota propia y se enorgullecen al ver la espada extranjera decapitar a sus hermanos de raza.
Les fascina ser pisoteados, extenderse como alfombras al paso de la bota enemiga, se quieren siempre congraciar con quien los desprecia y ningunea impíamente, buscan el perdón de quien secularmente les ha ofendido.
Quieren ser como ellos, como aquellos que les denostan; los emulan bizarramente, son capaces de besar su sombra y regalarles su intimidad por un insignificante saludo, nunca han tenido dignidad.
Qué asco da ver como se embarran en el lodo para lograr ese gesto de aprobación de quien les mira hacia abajo, desean con todo su ser asemejarse a sus ídolos, tener sus gustos, su lengua, sus lujos, su moda, su cultura, su arte, su piel.
Son sus héroes, su admiración, se desbaratan por atenderlos como dioses aunque en pago reciban bofetadas, aprecian los insultos recibidos y con resignación aceptan merecerlos.
Ser tratados con desdén es su costumbre, obedecer sin replicar su hábito, estar pendientes de sus caprichos y arbitrariedades su vocación y con la dignidad aplastada elogiarlos hasta la náusea.

¡Hipócritas a  su pueblo, a los suyos, los sobajan!               

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