INMACULADA CONCEPCIÓN
La milagrosa concepción del Mesías vista a través de un imaginario
microscopio de rayos x, debió haber sido cuando María poseía en sus ovarios el
sagrado óvulo que esperaba ser fecundado, como cada período menstrual, de la
hija de la Señora Santa Ana.
Maduraría la célula como de costumbre, se desprendería para completar
una vez más el flujo reglamentario que la sacramentada anatomía de aquella
hermosa virgen, experimentaba desde temprana edad.
¿Llegó un espermatozoide? ¿De dónde vino? ¿Del cielo? ¿Cómo se le
introdujo a Santa María? ¿Por dónde le penetró? ¿Por su vagina? ¿Estaba ya
dentro de la virgen? ¡Apareció misteriosamente!
No hay explicación científica, no existe técnica que pueda dar cuenta
de este acontecimiento al que no han puesto la debida atención los teólogos
cristianos, al menos para que – con el debido respeto para los fieles creyentes
– se sacie la curiosidad de los que nos atrevemos a dudar del dogma.
Alguien metió ese espermatozoide ahí, parece ser que no fue San José,
aquel humilde carpintero, esposo de Santa María.
Fue Jehová, el Dios hebreo, dicen las sagradas escrituras; para él,
nada es imposible, rompe con todas leyes de la biología, la química y la
física; leyes que él mismo dictó hace muchísimas eternidades, vaya usted a
saber ¿cuántas?
El mito se repite en otras religiones tan o más antiguas que la
Cristiana, qué resquemor por la sexualidad, extraño distanciamiento de la
natural generación de la vida, rara repulsión a un acto tan maravilloso,
delicado y exquisito.
Qué necesidad de verlo manchado o sucio, cuando es sublime y excelso,
por qué ocultarlo, por qué denostarlo con actitudes vergonzosas, Dios está en
todo y especialmente en la concepción diaria y terrenal que sucede con todas la
criaturas de la naturaleza.
No hay concepción de cigoto alguno, que no haya sido fecundado por la
acción genética de un espermatozoide dentro de un óvulo, lo demás son alegorías
sin fundamento, mitos sencillamente.

Hereje! Apóstata! ¿Cómo te atereves a dudar?
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