domingo, 25 de noviembre de 2012


INMACULADA  CONCEPCIÓN

La milagrosa concepción del Mesías vista a través de un imaginario microscopio de rayos x, debió haber sido cuando María poseía en sus ovarios el sagrado óvulo que esperaba ser fecundado, como cada período menstrual, de la hija de la Señora Santa Ana.

Maduraría la célula como de costumbre, se desprendería para completar una vez más el flujo reglamentario que la sacramentada anatomía de aquella hermosa virgen, experimentaba desde temprana edad.

¿Llegó un espermatozoide? ¿De dónde vino? ¿Del cielo? ¿Cómo se le introdujo a Santa María? ¿Por dónde le penetró? ¿Por su vagina? ¿Estaba ya dentro de la virgen? ¡Apareció misteriosamente!

No hay explicación científica, no existe técnica que pueda dar cuenta de este acontecimiento al que no han puesto la debida atención los teólogos cristianos, al menos para que – con el debido respeto para los fieles creyentes – se sacie la curiosidad de los que nos atrevemos a dudar del dogma.

Alguien metió ese espermatozoide ahí, parece ser que no fue San José, aquel humilde carpintero, esposo de Santa María.

Fue Jehová, el Dios hebreo, dicen las sagradas escrituras; para él, nada es imposible, rompe con todas leyes de la biología, la química y la física; leyes que él mismo dictó hace muchísimas eternidades, vaya usted a saber ¿cuántas?  

El mito se repite en otras religiones tan o más antiguas que la Cristiana, qué resquemor por la sexualidad, extraño distanciamiento de la natural generación de la vida, rara repulsión a un acto tan maravilloso, delicado y exquisito.

Qué necesidad de verlo manchado o sucio, cuando es sublime y excelso, por qué ocultarlo, por qué denostarlo con actitudes vergonzosas, Dios está en todo y especialmente en la concepción diaria y terrenal que sucede con todas la criaturas de la naturaleza.

No hay concepción de cigoto alguno, que no haya sido fecundado por la acción genética de un espermatozoide dentro de un óvulo, lo demás son alegorías sin fundamento, mitos sencillamente. 

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