LA ORANGUTANA
Allá en el paleolítico, en la llamada Edad de Piedra, existió un cavernícola conocido con el nombre de Ug, sobrevivía en una gruta, le gustaba tallar la piedra de obsidiana y hacer pinturas rupestres en las paredes de aquellos aposentos arcaicos.
Era ateo, no por convicciones filosóficas, sino más bien por desacato a los brujos que abusaban de las mujeres, que azuzaban a la guerra y que sin participar en éstas, disfrutaban de los botines logrados en las victorias.
Ug era rejego, no le gustaba participar en las ceremonias rituales donde se sacrificaban niños y vírgenes a las insaciables deidades de la guerra y la fertilidad, prefería dedicarse a conservar el fuego ganado a los dioses durante las tormentas, Ug no solo dudaba de la existencia de tales monstruosas divinidades que exigían – según los hechiceros – cada vez ¡mayores cantidades de sangre!
Los brujos si que la pasaban ¡bien! no arriesgaban sus pellejos en la cacería de mamuts, ni siquiera en la de búfalos y renos; pero les complacía meterse entre las pieles desolladas de los osos que lograban matar los cazadores y bailar frenéticamente alrededor de la hoguera.
Los hechiceros veían a Ug con malos ojos, ya que se rehusaba a danzar en honor a Teotum, un dios con diez labios y treinta lenguas que venía de vez en vez de la selva para cobrar víctimas, ya se había llevado a sus hermanos y a muchos ancianos, dentro de los cuales estaba seguramente su progenitor.
En realidad no hablaba aquella tribu lengua alguna, apenas articulaban algunos sonidos derivados del hosco rugir de sus gargantas, los colmillos destacaban entre sus mandíbulas por la agudeza de sus puntas, prestas siempre a desgarrar las carnes semicrudas de los equinos muertos a pedradas.
Ug tenía cierta predilección por escalar los árboles y no negaba que llevaba buena amistad y excelente relación con un grupo de simios que vivía allá en lo intrincado del bosque; pero eso no era bien visto por Nunda, la matriarca que gobernaba el clan, apoyada por los hechiceros.
Es verdad que recientemente venía saliendo con una changa muy distinguida y agradable de la que se sospechaba había quedado prendado, pero no había en ello nada serio, a Ug le atraían las monas desde pequeño, eran su debilidad, tenía una especial predilección por una de las rorras, pero hasta ahora no había habido nada más que una estrecha y sincera amistad.
En realidad tenía acercamientos con toda la manada de aquellos orangutanes, se sentía más a gusto que con los hombres, subía a las copas de los árboles casi con la misma facilidad con que ellos lo hacían, solía deglutir cocos y otras frutas en su pacífica y contemplativa compañía.
Nunda colmada de celos reclamaba a Ug la frecuencia con que visitaba aquellas orangutanas tan feas, primitivas, salvajes y desabridas – ¿qué no te da vergüenza?- le daba a entender – dime con quién andas y te diré quién eres ¡le amenazaba! mientras Ug se encogía de hombros e intentaba aceptar el reproche, luego Nunda se acercaba y empezaba a acicalarle el hirsuto pelo que casi le ensombrecía el rostro.
Pero Ug por las tardes sin quererlo enfocaba su atención y sus recuerdos en aquella hermosa changa que había sido suya, ese día en que se le entregó, fue el más feliz de su vida.
Aquella orangutana de carnosos labios y rubia cabellera lo había embrujado con su amable dulzura, misma que jamás había encontrado en la mujer por paleolítica que fuera; esos suspiros amatorios, ese cuchicheo al oído, ese espulgarlo con tanta ternura y paciencia lo habían vuelto loco.
Juntos habían compartido racimos de plátanos en la copa de los más elevados árboles, se habían mecido entre las ramas, habían viajado en lianas a lo más recóndito y oscuro del bosque donde, se habían amado hasta el amanecer. Un día fueron sorprendidos por un nutrido grupo de macacos cuando se dispensaban las más sensuales caricias y los besos más apasionados.
Ahora todo aquello había quedado atrás y Ug debía renunciar al amor de aquella bárbara criatura, pero no sin antes verla por última vez, así que se dirigió al bosque en su búsqueda.
Ahí estaba ella, royendo una rama llena de deliciosas hojas, en un alto tallo que parecía vencerse con el peso de aquella hembra soberbia, a su rededor
otros orangutanes de diversos tamaños y tonos zarandeaban las ramas, subían y bajaban entre horquetas y troncos; Ug desde abajo emitió un gemido para llamar la atención de la bella, el tallo donde estaba posada crujió desgajándose con todo y pasajera cuya corpulencia se desplomó a gran velocidad.
Ug hizo el intento de interceptar la caída de su amada que en el vuelo miró a Ug con desesperación, pero la gravedad la sumió entre la hojarasca podrida y un grito de angustia selló la desgracia, luego el silencio inundó el bosque, los demás changos bajaron en tropel al ver lo ocurrido, Ug quedó paralizado al ver tendida a sus pies la divina criatura de sus seños.
La levantó con todo el cariño que fue capaz, los orangutanes se apartaron conociendo el cariño que Ug profesaba por la mona, la llevó en brazos a la gruta donde la tribu tenía, por el momento, su madriguera.
Todos se apartaron al verlo llegar con la changa cargando, la depositó en el suelo, junto al fuego, la hermosa orangutana venía sin sentido, parecía muerta. Los ojos de Ug se humedecieron, cuando llegó Nunda al verlo llorar, lo consoló con una maternal caricia en la nuca.
A todos sorprendió cuando entre Nunda y los brujos, al intentar reanimar a la amante de Ug, ésta respondía con extraños lamentos de parturienta. Al cabo de un rato se escuchó el llanto de una changuita o tal vez de una niña, Nunda la recibió entre sus brazos, la lamió, se regocijó de verla y le ofreció su pecho; mientras que Ug desesperado, veía como se apagaba la vida de su amada compañera.
La criatura recién nacida se parecía mucho a su padre, con orgullo, meses después, Ug presumía de su hijita por toda la comarca, pero lo que más le gustaba era recordar a la madre, al ver aquellos ojillos traviesos y profundos.

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