EL GUIÑAPO
Agachado pulía dando brillo a sus cadenas, le gustaba lucir
los grilletes bien apretados, que dejaran marca en sus tobillos, también
limpias las cicatrices que marcaban los latigazos en su espalda.
Anhelaba la hora de llegar de su verdugo, quien lo sometía a
dolorosos tormentos, lloraba de alegría al sentir como su amo lo despreciaba o
lo cogía a bofetadas, efervescía emocionado al amanecer, para llegar a los
campos a cosechar los frutos que jamás probaría, se empinaba con gusto, para
recibir las patadas del capataz que en él, descargaba sus frustraciones y su
furia.
A toda costa defendía los derechos de su dueño, estaba
dispuesto a tolerar resignado los peores castigos y vejaciones, a soportar el
hambre, la sed y el frío con tal de recibir aunque fuese, la más leve sonrisa
de su jefe.
Soportaba con alegría insólita los insultos, festejaba con
entusiasmo las ofensas y hasta el ser herido de muerte, con tal de llenar de
beneplácito a los jerarcas, que disponían de su destino, como si fuera un
trapo.
Le encantaba lamerles los pies a sus superiores, se solazaba
abanicando la papada del obispo que lo humillaba con soberbia, consentía con
orgullo servil las cachetadas que le propinaba el director y bendecía por
dentro las crueldades del cardenal,cada vez que le retorcía el pescuezo.
Por las noches rosario
en mano, soñaba con el viacrucis.

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