lunes, 8 de abril de 2019

EL GUIÑAPO


EL GUIÑAPO

Agachado pulía dando brillo a sus cadenas, le gustaba lucir los grilletes bien apretados, que dejaran marca en sus tobillos, también limpias las cicatrices que marcaban los latigazos en su espalda.
Anhelaba la hora de llegar de su verdugo, quien lo sometía a dolorosos tormentos, lloraba de alegría al sentir como su amo lo despreciaba o lo cogía a bofetadas, efervescía emocionado al amanecer, para llegar a los campos a cosechar los frutos que jamás probaría, se empinaba con gusto, para recibir las patadas del capataz que en él, descargaba sus frustraciones y su furia.
A toda costa defendía los derechos de su dueño, estaba dispuesto a tolerar resignado los peores castigos y vejaciones, a soportar el hambre, la sed y el frío con tal de recibir aunque fuese, la más leve sonrisa de su jefe.
Soportaba con alegría insólita los insultos, festejaba con entusiasmo las ofensas y hasta el ser herido de muerte, con tal de llenar de beneplácito a los jerarcas, que disponían de su destino, como si fuera un trapo.
Le encantaba lamerles los pies a sus superiores, se solazaba abanicando la papada del obispo que lo humillaba con soberbia, consentía con orgullo servil las cachetadas que le propinaba el director y bendecía por dentro las crueldades del cardenal,cada vez que le retorcía el pescuezo.
Por las  noches rosario en mano, soñaba con el viacrucis.       

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