GOGA
Ella estaba llena de rencor por todos lados, destilaba
amargura por los poros de su cansado cuerpo, era envidiosa y vengativa a más no
poder, avara y abusiva, poseía los objetos con codicia exagerada.
También era vanidosa y soberbia, se cubría las imperfecciones
que en secreto le brotaban dentro del misterioso sigilo con el que se desplazaba
en aquel claustro, donde se ocultaba de las miradas curiosas.
Parecía una sombra, cuando por las noches, sonámbula se
paseaba bajo las bóvedas y las almenas de aquel convento abandonado, a veces al
asecho, a veces en la evasión, sospechosa se deslizaba entre pasillos y
rincones, amontonaba toda clase de talismanes, escondía amuletos, recuerdos de
muertos, idos en la prehistoria.
Nadie conocía su disfraz más socorrido, lo usaba cuando estaba sola, así se atrevía a
desnudarse y aparecer frente al espejo; entonces permanecía muda, impávida,
impertérrita, absorta.
Luego quedaba tendida, se desplomaba, se desvanecía, parecía
un cadáver, solo ella sabía que aún no estaba del todo muerta; era lo mismo, a
nadie hacía falta, no había quien la echara de menos, nadie la extrañaba ni la
necesitaba, para nada servía. Al revés, Goga era un estorbo, una carga pesada,
un lastre que impedía el libre curso de la vida y del flujo alegre de la
felicidad.
Nunca se quejó, aguantó callada los dolores de la vejez, no
pidió clemencia ni auxilio, no sabía llorar y nunca le dieron permiso de reír,
había sobrevivido castigada por su propia cuenta.

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