LA PREGUNTA
No se trata de controlar y dirigir el pensamiento en una
dirección, sino en permitir que imágenes e ideas penetren y se manifiesten para
atraparlas y así poder plasmarlas en papel; pero el miedo al pensamiento que
repentinamente aparecía, le hacía borrar de inmediato, perdiendo sabiduría,
placer y gloria; millones de ideas tocaban a su puerta, de inmediato las
rechazaba asustado.
Huía de sí mismo, se evadía por cualquier medio, se
conectaba a la televisión, a la radio, al teléfono, subía a todas las
plataformas que internet le brindaba, se hundía en la prensa, en libros y
revistas, en documentos, panfletos, folletos, anuncios e instructivos; apuntaba
su atención a todo aquello que le distrajera de sí mismo.
Recurría a todo tipo de medicinas, venenos, pócimas,
brebajes, hechizos, conjuros, predicamentos, cuentos, novelas, ensayos,
plegarias, sacrificios, substancias, moléculas y materiales, con tal de no enfrentarse
consigo.
Buscando siempre afuera, subió a las cúspides, bajó a los
pozos, penetró en las cuevas, se internó en las grutas, exploró cavernas, se
sumergió en cenotes, buceó en los arrecifes, surcó los archipiélagos, voló por
los aires, buscó en los bosques, investigó en las selvas, preguntó a los
vagabundos, interrogó a los gendarmes, conversó con los sabios, vivió con los
monjes y escuchó a los pastores en su fallido intento por descubrir la verdad.
Se transformó en Pitecántropos, se vio las manos de Cromañón, encontró a Eva y a
Noé; viajó en el arca, subió a Babel, saludó a Confucio, admiró a Gilgamesh, ayunó con Buda, estuvo
con Abraham y con Nabucodonosor, cenó con Isaac y Sara, paseó con Jacobo,
aplaudió a Ismael, se hospedó con David,
comió con Salomón y con la reina de Saba.
Se informó en la historia, estuvo con Heródoto, consultó a Homero, saludó a Aquiles, rescató a Helena,
cabalgó en Troya, vivió la odisea, se convirtió en Ulises, trató a Rómulo,
conoció a Eneas, venció a Jerjes, aprendió
sanscrito, estudió en la academia de Platón, dialogó con Sócrates, preguntó a
Aristóteles, discutió con Pitágoras, escuchó a Alejandro, acompañó a Tolomeo,
se acostó con Cleopatra, discutió con César, siguió al Mesías, crucificó a
Barrabás, se escondió de Constantino, se defendió de Atila; atendió a Mahoma, pero
todo en balde, las razones se perdían entre lanzas, escudos, flechas y cruces;
se quedó en las mismas.
Viajó con Verne, escuchó a Salgari, se embarcó con Cristóbal, se
aventuró con Marco polo, navegó con
Magallanes, siguió a Vasco de Gama, se refugió en Lhassa, recurrió a vedas y
brahmanes, bajó a los infiernos con Virgilio y Alighieri, pintó con Rafael y
Miguel Ángel, también con Van Gogh y
Kandinsky, se maravilló con Copérnico, Newton, Einstein y Planck,
invocó a Fausto, enamoró a Julieta y montó a rocinante. Quedó extasiado
con Bach, Beethoven y Mozart, cantó con Caruso, Pavarotti, Jagger y Lennon,
conversó con Don Juan y María Sabina,
tomó con José Alfredo, brindó con Agustín, bailó con María, se perdió en el mar
con Hemingway, se reflejó en el espejo de Oscar, vivió en Comala y envejeció en Macondo.
No se fatigaba de buscar con ahínco no ya la respuesta, sino
que ahora trataba de encontrar la pregunta. Aquí estaba, en el silencio
absoluto del interior, ahí donde el bullicio se calla, donde las palabras
quedan suspendidas en un entredicho eterno, después de un infructuoso trayecto por
senderos plagados de espinas y cardos, aquí donde la revelación florece como un
nardo en flor.

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